De Caravaggio a Bernini

1465206279589Aunque solo fuera por contemplar este cuadro, Salomé con la cabeza del Bautista, de Caravaggio, merece la pena acercarse al Palacio Real (por otra parte, cualquier ocasión es buena para hacerlo), y visitar la exposición De Caravaggio a Bernini. Obras maestras del Seicento italiano en las Colecciones Reales. Siento una total veneración por Caravaggio, uno de los ejemplos más notorios de como pueden convivir en el mismo ser humano, la villanía y la inmoralidad con la sensibilidad y el talento más exquisito. He recorrido Roma tras sus cuadros; he descubierto en Reggio Calabria, durante un viaje inolvidable a Sicilia, dos óleos del maestro lombardo que no olvidaré nunca (una adoración de los Magos y una resurrección de Lázaro que buscaré en la red y traeré a Mi casa para que comprendáis mi deslumbramiento), y esta semana iré al Thyssen a ver la muestra Caravaggio y los pintores del norte, donde me espera Los músicos. Allí vive Santa Catalina de Alejandría, otra colosal obra del pintor.

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En otra ocasión me quedaré en Caravaggio y trataré de explicaros mi fascinación por él. Hoy quería traeros esta exposición que cuenta, además, con otras joyas, como este Cristo  crucificado de Gian Lorenzo Bernini, un bronce dorado de 1654-1656, la única escultura exenta del artista (no está sujeto a la cruz), encargada por el rey de España y que sin embargo se consideró inadecuada, seguramente por ese motivo, para colocarla en el panteón Real, siendo sustituida por un conjunto escultórico de mucha menor calidad  que se expone enfrente. Fijáos en la belleza de la cabeza del Cristo.

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De José de Ribera os muestro dos cuadros espléndidos, un San Jerónimo en meditación, de 1635, ejemplo de la maestría con la que Ribera pintaba la vejez, y a la izquierda Jacob y el rebaño de Labán, óleo de 1632. Tras su restauración se aprecia más el extraordinario naturalismo del pintor, que reproduce los detalles con meticulosidad, tal las pestañas de las ovejas.

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De El Guercino este Lot y sus hijas, de 1617, relata la escena bíblica en la que Lot, tras perder a su mujer, convertida en estatua de sal, se refugia en una cueva donde es seducido por sus hijas. Vemos como la que se arrodilla frente al anciano le acaricia la pierna con una mano, mientras con la otra sostiene la copa que su hermana, de pie, se dispone a llenar.  A la derecha, La túnica de José, pintado por Velázquez entre 1630 y 1634, quizá durante su estancia en Roma. Fue adquirido por Felipe IV en 1634 y colocado en el guardarropa del Palacio del Buen Retiro.

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Y cierro con estos dos preciosos retratos realizados por Giovanni Baglione entre 1621 y 1622.

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