Berlín

20161031_084302A los pocos días de mi regreso de Bruselas (os hablé de mi viaje aquí, en Mi casa), mi hija me convence para pasar unos días en Berlín con la excusa de acompañarla a escuchar un concierto de Lisa Hannigan, cantante irlandesa de la que nunca había oído hablar y cuya música  le fascina. Viajar a solas con un hijo, cuando este ya es adulto y tiene su propia familia, es un lujo que os recomiendo a todos. Compartir dormitorio con tu hija, escucharla sin prisas, vivir experiencias nuevas, descubrir nuevos paisajes, compartir, en una palabra, lejos de las preocupaciones y rutinas diarias es un privilegio. Así que no le cuesta mucho trabajo convencerme y volamos hacia Berlín.

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Ya os he hablado en alguna ocasión de mi incondicional amor a Alemania, país al que, por razones familiares, he viajado a menudo y cuyas gentes y paisajes me resultan especialmente queridos. No es la primera vez que visito Berlín, aunque bajo la mirada de mi hija se me antoja diferente. Es esta una ciudad poderosa, en ebullición, cuya energía palpas en cada rincón. Es la Europa más viva y creativa, la más joven. Me admira este pueblo capaz de todo, lo bueno y lo malo; capaz de renacer una y otra vez de sus cenizas. Tan contradictorio, tan amable, tan ingenuo y  sentimental. Y tan cruel y falto de imaginación en ocasiones. Tan terrible y tan extraordinario.

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Mientras desayuno a las siete de la mañana en un delicioso café de la Chausseestrase (ha amanecido nublado y frío, blanca luz centroeuropea) veo pasar a madres llevando de la mano a sus hijos al colegio, parejas de policías y familias en bicicleta, mujeres y hombres afanosos camino de su trabajo, camiones de reparto, vuelvo a tener la misma impresión que hace unos días en Bruselas: esta sensación de pertenencia, de familiaridad, pese a no entender una palabra de lo que dicen.

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Berlín es una ciudad de dimensiones tan colosales que resulta imposible de caminar. Todo en ella es grandioso, descomunal, y las distancias no lo son menos, de manera que resulta imprescindible  acogerse al transporte público. Como de lo que se trata es de aprovechar estos cuatro días lo máximo posible optamos por desplazarnos en metro y centrarnos en las zonas que despiertan para ella mayor interés. La Puerta de Brandenburgo es visita obligada. Recuerdo nítidamente las imágenes de la caída del muro en 1989, con las cámaras de televisión enfocando esta puerta. Al este y al oeste de la Puerta de Brandenburgo, las dos Alemanias.

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Debajo de la imagen de la Puerta, la Habitación del silencio, un lugar para la reflexión y el descanso, ideado para compartir en silencio, sin importar el credo, la nacionalidad o la raza. Se inauguró después de la unificación alemana al lado de la Puerta de Bradenburgo. Permanecemos allí unos minutos junto a otras personas. Observo la luz que emerge del fondo del oscuro tapiz. Resulta emocionante. A la derecha, muy cerca del anterior, un estanque recuerda a las víctimas del Holocausto.

El Reichstag, incendiado por los nazis en 1933, es un palacio espléndido coronado por una cúpula de cristal diseñada por Norman Foster y terminada en 1999. En el interior, una rampa helicoidal y una segunda cúpula, que puede ser visitada. Desde fuera es una belleza, imagino que las vistas desde el interior serán espléndidas. Alrededor del Reichstag y hacia la Strasse des 17 Juni se extiende el Tiergarten, antiguo coto de caza de los Hohenzollem, hoy un precioso parque público. Sobre estas líneas, a la derecha, la Strasse des 17 Juni y, a la izquierda, el Sovjet Ehrenmal, un monumento sobrecogedor que hace referencia a la llegada a Berlín del ejército soviético.

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Una de las avenidas más hermosas de Berlín es Unter den Linden (Bajo los tilos), un paseo obligado aunque actualmente está en obras y las grúas y vallas le hurtan mucho de su encanto. La Babel Platz, presidida por la estatua ecuestre de Federico II, acoge varios edificios espléndidos, entre ellos la Universidad Humboldt, a la izquierda,   y a la derecha la Antigua Biblioteca. Entramos en la Isla de los Museos, una de las zonas más hermosas de la ciudad, entre el Spree y el canal, donde se concentran los más importantes museos: el Altes Museum, poseedor de una de las colecciones de antiguedades más importantes del mundo; el Neues Museum, el Museo de Egipto, cuya estrella es Nefertiti; el Alte Nationalgalerie y su espléndida colección de pintura del XIX; el Pergamonmuseum, que ahora estaba cerrado pero donde me maravilló en su día  el Altar de Pérgamo y la Puerta de Ishtar; y el Bode Museum, dedicado al arte bizantino.

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La Catedral neobarroca protestante, preciosa entre el Spree y el canal, en la que nos negamos a entrar porque, como ocurre en muchas españolas, cobran la entrada. Conforme se va acercando el atardecer se han ido retirando las nubes y la luz se vuelve más transparente. Hermosa ciudad.

 

 

 

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