Jackson Pollock

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No sabéis lo frustrante que me resulta traer los cuadros de Pollock a Mi casa y comprobar la imposibilidad de que estas imágenes y, por supuesto, mis palabras, puedan acercaros la belleza y la hondura de su obra. Ayer os hablaba de la extraordinaria exposición que visité en la Royal Academy of Arts de Londres poco antes de estas Navidades, donde encontré cuadros realmente deslumbrantes (una exposición que, por cierto, acaba de llegar al Guggenheim de Bilbao, y yo convencida de que no tendría ocasión de volver a contemplar la mayoría de estas obras nunca más). Entre tanto cuadro excepcional, el que me conmovió  hasta casi las lágrimas fue Blue Poles, el  cuadro con el que encabezo este comentario, firmado en 1952.

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¿Por qué? No resulta fácil de expresar sin caer en la cursilería. Es un cuadro de grandes dimensiones, lo que invita a adentrarse en él, a dejarse envolver. Te absorbe. Y entras en un universo de luces y colores, de espacios, como zarcillos luminosos que se abren y se cierran a tu paso, como una melodía. Es un bosque, una maraña de sensaciones, capas y capas de notas, como una orquesta interpretando una sinfonía. Es de una belleza indescriptible porque está compuesto de emociones e interpela directamente al corazón.

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Quizá Pollock haya sido el máximo exponente de la pintura gestual, que heredó del surrealismo la “escritura automática”. Así pues, Pollock pintaba con las emociones, no con la razón. Pintaba con todo el cuerpo, no con un pincel o una espátula sujeta por su mano. Se colocaba encima del cuadro, con la tela extendida en el suelo, y sacudía los colores según le dictaban sus propias emociones, su estado de ánimo. Él lo explicaba así:”Mi pintura no procede del caballete. Por lo general, apenas tenso la tela antes de empezar, y, en su lugar, prefiero colocarla directamente en la pared o encima del suelo. Necesito la resistencia de una superficie dura. En el suelo es donde me siento más cómodo, más cercano a la pintura, y con mayor capacidad para participar en ella, ya que puedo caminar alrededor de la tela, trabajar desde cualquiera de sus cuatro lados e introducirme literalmente dentro del cuadro. Se trata de un método similar al de los pintores de arena de los pueblos indios del oeste. Por eso, intento mantenerme al margen de los instrumentos tradicionales, como el caballete, la paleta y los pinceles. Prefiero los palos, las espátulas y la pintura fluida que gotea y se escurre, e incluso un empaste espeso a base de arena, vidrio molido u otras materias”.

 

Si tenéis ocasión de acercaros al Guggenheim de Bilbao no lo dejéis pasar.

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