“El silencio de los árboles”, de Xuan Bello

Me pregunto qué intentan decir los árboles en su silencio lento. Considerémoslos, por pasar el tiempo, un poema. Un poema de un libro que hemos abierto al azar, éste por ejemplo de António Ramos Rosa. La urraca que se posa ruidosa sobre la rama, el viento que parece animarlo, la inaudible pero persistente huella de la larva en su corteza, todo es mero exergo, matizada cita que atiza su sentido oculto. Un poema no dice sino que es, un poema no muestra sino que vela. Cargado de tiempo resplandece en la noche y un incendio de pájaros, al amanecer, acaricia la niebla configurándola. ¿Qué es lo que nos dice? ¿Calla terco un secreto que no se puede decir sin arrasar el mundo?

Un árbol crece en Brooklyn, un árbol crece solitario en mitad de la llanura, un árbol crece en mi conciencia, un árbol crece porque junto al pozo de mi alma lo he plantado yo. Su misterio es diverso y trasciende la ciencia de la botánica: si me abrazo a él, me abrazo al mundo. Mis pasos siguen la armonía de su latido sordo. A su sombra soy parte de su sueño. Un árbol es un lugar viviente y, sólo por eso, sagrado: acercarse es merodear la fuentes del ser. En los poemas hemos visto a Dafne convertirse en laurel. Nuestro tiempo, que ha olvidado el dialecto de los símbolos claros, exige sin embargo lo imposible: ver cómo el laurel, siempre verde oscuro, se transforma en encarnado sueño táctil. También yo perdería la cabeza si viese a un laurel convertirse en un ángel de la lencería.

Fumo, divago. Hay entre las páginas felices de la literatura una con semillas muy amargas y sin embargo consoladora. En Guerra y Paz, el príncipe Andréi se dirige no recuerdo adónde pero viene de la órbita de un claro desengaño. En su viaje pasa por un bosque, uno de esos bosques rusos que tienen el tamaño exacto de un alma humana, y ve un viejo roble aterido en el frío trance del invierno a punto de ser primavera. Quizás –Tolstoi no nos lo dice– ese poderoso árbol, dormido en el invierno, ya haya sido en la conciencia del príncipe Andréi un símbolo pues su visión define, desde una decepción arrebatada, su estado de ánimo: «En el borde del camino se erguía un roble, quizá diez veces mas viejo que todos los abedules del bosque, diez veces mas grueso y el doble de alto que los demás árboles. Era un roble gigantesco de dos brazas de circunferencia; sus ramas estaban rotas desde hacía mucho tiempo; el tronco, con la corteza caída en diversos puntos, se hallaba cubierto de viejas y abultadas excrecencias…». Aquella imagen –la vida a punto de convertirse en olvido mineral– sacude el alma del protagonista. Busquen esa página. Me lo agradecerán.

Todo es símbolo y alegoría. ¿Cómo no ver en un roble abatido por el rayo de la vida nuestro propio destino? Si ese árbol tan poderoso, cuyas ramas han sostenido la cúpula del cielo, era ya tan sólo bajo la lluvia un arrebujado amasijo de nudos que duelen, ¿qué no seremos nosotros, tan débiles y fugaces? No somos un sitio vivo, un lugar adonde se pueda ir: nuestra esencia es una fuga imposible por ser apenas prisioneros del tiempo. Una posible definición del exilio: podemos ir a todos los sitios que el azar disponga; a todos excepto a nosotros mismos.

El Príncipe Andréi, que ha luchado en la guerra y trae consigo un saco lleno de decepciones, no puede mirar sino aquello que él es. Volverá angustiado, meses después, en busca de ese roble. Lo encontrará reverdecido, nuevo, poderoso, renacido. Acaso presintió –esto es pura ficción– que un español bueno escribiría un poema, «A un olmo seco», algunos años después. El caso es que se reencontrará consigo mismo, se dispondrá nuevamente a seguir por los caminos de su azar. Ante la imagen de un árbol poderoso, ante la imagen de un ser que ha renacido, que ya no es un amasijo de nudos que duelen sino el eco poderoso de la vida, el príncipe Andréi muda el semblante de su destino. ¿Cómo pudo su alma no haber visto el milagro? Se ríe de sí mismo y sigue adelante.

¿Qué dicen los árboles cuando todo es silencio? No lo sé pero escucho con mucha atención.

La dávida, una novela de Nabokov de feliz memoria, comienza con una cita banal, un ejemplo gramatical extraído de un manual de ruso para extranjeros: «El roble es un árbol. La rosa es una flor. El ciervo es un animal. La golondrina es un pájaro. Rusia es nuestra patria. La muerte es inevitable». No sé en que lengua hablan los árboles. Sus raíces horadan pasadizos silenciosos, sus altos ramos alcanzan pálidas sombras de luz. No sé en qué lengua hablan, pero les entiendo. Bajo el mágico soplo de la luz son barcos transparentes; si la noche cae sobre ellos, ¿cómo descifrar el laberinto del tiempo?

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